Domingo 8º del Tiempo Ordinario


«No podéis servir a Dios y al dinero». «No podéis servir a dos señores». Son palabras de Jesús, caídas en oídos sordos. No las hemos hecho caso. Y así nos va.
Parecía premonición, y ha terminado siendo cruda realidad. En lugar de confiar en Dios, que cuida providentemente de todas sus criaturas, hemos preferido el dinero. Y hemos terminado siendo sus esclavos.
Qué no hemos tenido en cuenta. Que confiar en Dios significa confiar en nosotros mismos y en el conjunto de la humanidad. Que tener a Dios por amo supone conservar nuestra libertad y autonomía. Que poner a Dios en el centro es no consentir que nada nos despiste de nuestras raíces, de nuestra historia, de nuestro presente y del futuro que esperamos. Que estar de la parte de Dios, es tomar partido por la vida para todos por igual. No en vano Dios es Padre.
En su lugar hemos preferido a su contrario, el dinero. Y poniéndolo en el centro, hemos terminado desquiciados. Tanto que miramos con preocupación los movimientos inciertos de la bolsa, mientras no nos importa ni es noticia que un anciano muera congelado por no poder pagar el importe de la calefacción. Que hacemos cábalas sobre dónde y cómo pasaremos las vacaciones de verano, y no nos preocupa en absoluto que se tiren alimentos en buenas condiciones mientras gente muere de hambre. Que hemos ido deslizándonos por una rampa hacia la cultura del bienestar que nos anestesia, y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado; mientras, todas las vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un espectáculo que de ninguna manera nos altera.
Si con Dios nos humanizamos, con el dinero alcanzamos inhumanidad.
Pero el dinero es necesario, no se puede hacer nada sin él. ¡Qué sería de este mundo sin dinero? ¿No estarás siendo iluso e idealista?
Bien, os invito a reflexionar. El dinero, en cuanto deja de ser un simple medio al servicio del bien propio y colectivo, pasa a ser un déspota, que exige más dedicación, más cantidad, menos escrúpulos, menos barreras; hasta convertirse en otro dios. El único.
Sólo si tenemos a Dios como amo, podremos tener al dinero a nuestro servicio. Controlado, dominado por tanto, sin que nos quite el sueño, sin que nos impida ver el dolor y necesidad ajenos, sin que desesperemos del futuro atesorándolo egoístamente y negándonos a compartirlo.
«Sobre todo buscad el Reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura». Concluye Jesús en el evangelio. «Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos».
Confiemos en Dios. Busquemos su justicia. Todo lo demás, vendrá de su mano.

Música Sí/No