Domingo 10º del Tiempo Ordinario


Está claro que Dios no funciona como nosotros. La manera humana de hacer las cosas es contundente: el que vale, vale. A la hora de buscar ocupar un puesto, se elige entre los que cuentan con cualidades adecuadas. Las empresas se cuidan mucho de tener personas especializadas en cazar talentos. Porque es la manera normal que tenemos de valorar a las personas.
Es cierto que antiguamente en los trabajos se empezaba desde abajo. El aprendiz iba aprendiendo y subiendo. Llegaba a oficial de segunda, de primera, encargado de esto, jefe de lo otro, y tal vez terminaba de director general.
Esos tiempos han pasado. Ya tiene uno que dar la talla desde el principio.
Dios se fija de otro modo. Un beduino errante, Abrahan. Un funcionario hereje y corrupto, Mateo. Unos miserables judíos sin lugar donde caerse muertos.
Pero Dios los toma, amasa esa pobre realidad, y fabrica toda una historia de salvación tan grande que alcanza a toda la humanidad.
No lo hace Él solo, es verdad. Ni quiere, ni puede hacerlo. Cuenta con nosotros. Si Abrahan no se fía de Dios, la historia no sigue. Si Mateo no se levanta de aquella mesa, tampoco. Si el pueblo de Israel no sale de Egipto, la historia habría sido de otro modo.
Dios nos llama. En nosotros está responder.
Y responder a Dios es algo más que hablar diciendo sí. Es salir, ponerse en movimiento, dejar seguridades grandes o pequeñas, en fiarse de Dios, es lanzarse un poco a la aventura, al riesgo, a la improvisación, a hacer el camino paso a paso, a buscar compañeros que ayuden, a ayudar al caminante que flaquea, a asemejarse a los otros deshaciéndonos nosotros mismos.
En suma, seguir la llamada de Dios significa cambiar el centro de nuestra vida: quitarnos nosotros y poner ahí la voluntad del que nos llama, Dios.
Y ahí está el quid del asunto. Y ahí estamos nosotros, intentando seguir a Jesús tomándole a Él como modelo, y a Abrahán, y a Mateo, y a tantos otros a quienes llamamos santos, estén o no en los altares.

Música Sí/No