Domingo 19º del Tiempo Ordinario


El mensaje que yo deduzco de estas lecturas bíblicas es que nuestro Dios, el Dios de Jesús de Nazaret, no está en la violencia sino en la paz, no en la tormenta sino en el sosiego, no en el huracán sino en la calma, no en la voz tonante sino en el susurro delicado.
Las situaciones de peligro de cualquier tipo están ahí, y no siempre las podemos evitar. Y es normal que nos invada el miedo, incluso el terror. Pero existe una terapia para superarlo, y eso es lo que el evangelio quiere indicarnos. El creyente sabe que cualquier situación, incluso las difíciles, están habitadas por la presencia de Dios. Que Dios está ahí, en medio, a nuestro lado. Al creyente se le pide que confíe no en su fe, ni en sus fuerzas, sino en Jesús.
Pero no es cuestión de palabras bonitas, que son las que solemos decir los curas en las homilías. De alguna manera nos tenemos que poner en disposición de adquirir confianza y tener valor.
Dice el Evangelio que Jesús subió al monte a solas para orar. ¿Para qué? Seguramente para estar con Dios, para sentirle cercano y Padre, para aclararse más y más en lo que ha de hacer y en cómo hacerlo. Una fuente importante de confianza que vence al miedo está en la oración. Alguna forma de oración le es imprescindible a la vida cristiana.
Dios no estaba en el fuego ni en el huracán. Y si Dios no estaba allí, tampoco nosotros debemos estar ahí. Sólo la brisa construye. Ser como Dios es ser brisa suave para los demás, palabra amable, gesto cariñoso, compañía confiada.
En esta eucaristía, en la que Jesús se hace presente a través de la Palabra y del Pan, Jesús mismo susurra una vez más a cada uno de nosotros y a toda nuestra comunidad: ¡Animo, no temáis, soy yo!

Música Sí/No