Domingo 27º del Tiempo Ordinario


Es verdad que Jesús en algunas ocasiones, ante el comportamiento de determinadas personas, se expresó resaltando la mucha fe o la poca fe, en términos de cantidad. Así ante una mujer que se le acercó para tocarle el manto pensando quedar curada. ¡Qué grande es tu fe! Así, también, en algunos pueblos no pudo hacer curaciones porque tenían poca fe.
Pero en este caso no se trata de medidas, más fe, menos fe. Cuando sus discípulos le piden que les aumente la fe, Jesús les hace ver que en realidad no la tienen, porque independientemente de la cantidad, sus efectos serían manifiestos: como que un árbol se desplazara para plantarse en medio del mar. Con fe se llega hasta lo imposible.
Para entender lo que en este caso quiere decirnos, debemos atender a la segunda parte en la que Jesús habla de deberes. El que hace lo que está mandado, cumple con su obligación, no con su fe. Porque las órdenes exigen obediencia.
Y la fe es otra cosa. ¿Qué es la fe?
En la primera lectura se nos ofrece una aproximación: Quien ante los reveses de la vida, los desastres humanos, las calamidades del tipo que sean, se dirige a Dios preguntando, quejándose, aceptando… tiene fe. Reconoce que Dios es, aunque lo considere fuera de sí mismo, en las alturas, por ejemplo. Tener fe es aceptar a Dios.
San Francisco, cuya fiesta celebramos ayer, tenía fe de esta manera: todo, absolutamente todo le hablaba de Dios. Por eso le recordamos como el hombre que trataba con el sol y la luna, con los animales y las plantas, con la naturaleza como conjunto y con los seres humanos como hermanos.
San Pablo, en la segunda lectura, habla también de la fe, pero en otro tono. Dios ya no está fuera de uno mismo, en la distancia; si estuvo fuera, ahora está dentro. También está dentro. Llegó en algún momento. Él dice que por la imposición de manos. Bien pudo decir que desde el principio de nuestra concepción, e incluso antes.
Fe, según San Pablo, es esa fuerza que tenemos por la gracia de Dios; es ese espíritu de energía, amor y buen juicio; es no tener miedo y dar la cara; es vivir el amor; es perseverar con la ayuda del Espíritu Santo.
San Francisco también tuvo fe de esta manera. Llegó a desear identificarse tanto con Jesús, que lo tuvo dentro de sí. Era consciente de que Dios estaba en su interior, y fue acomodando su vida toda al aliento que Dios le transmitía.
Pero nuestro modelo siempre será Jesús mismo, no tenemos otro mejor. Y él también tuvo fe en Dios, no sólo se abandonó en sus manos, también hizo propia la voluntad del Padre, hasta el final.

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