Domingo 22º del Tiempo Ordinario


Cuando los cristianos pensamos y hablamos sobre el Reino de Dios, el reino de los cielos, a veces parece que estamos haciendo ciencia ficción, de manera que una cosa es lo que vivimos y otra muy diferente lo que recitamos cuando proclamamos el Credo.
Jesús predicó el Reino, pero al mismo tiempo lo vivió. Pidió al Padre que viniera y se hiciera realidad, “venga a nosotros tu Reino” dice el padrenuestro, mientras volcaba todas sus fuerzas en hacérselo sensible a quienes le seguían para escucharle.
 Muy pedagogo para que todo el mundo comprendiera, lo expresaba a través de gestos que nadie desconociera. A su trato cercano, amable y acogedor, Jesús añadió, mejor dicho, aprovechó algo que todos podemos entender fácilmente: la mesa, la comida, la fiesta.
Los evangelios relatan con todo lujo de detalles sus comidas en casa, en el campo, en pequeño grupo y entre multitudes. Incluso concentró sus momentos finales en aquella última cena que nos dejó como institución central de su vida que fuera memorial suyo para todos.
En la mesa y con los platos rebosantes de comida Jesús indica al resto de comensales que es posible y deseable y es voluntad de Dios sobre la humanidad entera que haya una mesa donde todos quepamos para alimentarnos de alimentos que sacian toda necesidad; y que en torno a ella no existan primeros puestos ni últimos; que no sólo no haya entrada restringida, sino que tengan preferencia para sentarse a ella pobres, lisiados, cojos y ciegos; es decir, exactamente lo contrario de lo que suelen ser nuestros banquetes y comidas de negocios o de festejo.
Comer y beber son comunes a todo ser vivo. Y los seres humanos hacemos de ello además momento de relación y de estrechamiento de los lazos de interés y de afecto que nos unen a los demás.
Jesús nos llama hoy a comer y beber no a solas e individualmente; tampoco con el estrecho o ancho grupo de afines y allegados; sino abiertos sin medida a todos, sin acepción de personas; libres de prejuicios y de motivos interesados; buscando la acogida y el servicio, no la utilización y la apariencia.
Precisamente este mundo donde sólo comemos unos pocos y tenemos asiento privilegiado los que más podemos empezará a ser Reino de Dios cuando a nadie se le niegue el alimento y todos, también los empobrecidos y orillados, tengan el puesto que les corresponde.
Los seguidores de Jesús hemos de recordar que abrir caminos al Reino de Dios no consiste en construir una sociedad más religiosa o en promover un sistema político alternativo a otros también posibles, sino, ante todo, en generar y desarrollar unas relaciones más humanas que hagan posible unas condiciones de vida digna para todos empezando por los últimos.

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