Miércoles de Ceniza


El rito de la imposición de la ceniza tiene una estructura sacramental. Consta de un signo y de unas palabras que explican el signo. El signo es la ceniza. El sacerdote puede utilizar una doble fórmula cuando impone la ceniza. La más clásica dice: “recuerda que eres polvo y al polvo volverás”. El polvo es signo de la fragilidad, de la condición mortal de todo ser humano. ¿Significa esto que venimos del polvo y volvemos al polvo? Una cosa es que el polvo sea signo de fragilidad y otra que sea signo de la nada. No venimos de la nada para volver a la nada. En realidad venimos de Dios para volver a Dios. Este polvo, del que está hecho el ser humano, lo ha modelado Dios con gran cuidado y cariño. Y lo modela con una capacidad receptiva: tiene una nariz (Gén 2,7). O sea, capacidad de respirar. Y lo que Dios insufla a través de esta nariz es su propio Espíritu. Dios es como una madre que insufla vida. Para que la vida funcione por sí misma. La vida recibida se convierte en la propia vida del que la recibe. El ser humano respira por sí mismo, tiene su propia autonomía, es dueño de su ser. Al dar vida, Dios independiza y libera.

El Espíritu que Dios ha depositado en nuestra propia vida es prenda de inmortalidad. La vida humana procede de Dios y no del barro, para volver a Dios y no al barro. La creación es el primer momento de una historia de amor por parte de Dios que tiene vocación de eternidad. Porque si todo amor es fuente de vida, el amor de Dios es fuente de vida eterna. Ahí es donde puede estar el sentido de la segunda fórmula de la imposición de la ceniza: “Conviértete y cree en el Evangelio”. El Evangelio nos da a conocer a este Dios madre, del que procede toda vida y quiere acoger toda la vida. Quienes conocen a este Dios, quienes se convierten, o sea, se vuelven hacia él, viven la alegría de saberse en buenas manos.

La ceniza de hoy no es signo de muerte, es recordatorio del lugar de dónde venimos: de las manos amorosas de Dios. Estas manos poderosas son la base de nuestra esperanza, porque ellas no sólo nos sostienen, también nos conducen hacia la vida y nos acogerán en el día de nuestra resurrección. Inaugurar el camino hacia la Pascua es vivir de una esperanza cierta, que no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado. (Martín Gelabert Ballester, OP)

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