Con este domingo se acaba el año litúrgico
reconociendo a Jesucristo Rey del Universo. Nada que ver con lo que entendemos
por rey cuando hablamos de las cosas de este mundo.
Hay varios momentos en que los
evangelios se refieren a Jesús con esta palabra.
Unos magos de oriente vienen siguiendo
una estrella, porque buscan al rey de los judíos que acaba de nacer. Llegan, lo
ven, lo adoran y le entregan sus presentes. Jesús no dice nada, sólo sonríe.
Una madre pide para sus hijos un
puesto de honor en el reino de Jesús. La respuesta no deja lugar a dudas: hay
un cáliz que beber y una cruz que cargar.
La muchedumbre aclama a Jesús en su
entrada en Jerusalén y le quieren proclamar rey. También sabemos que Jesús
cabalga sobre una humilde borriquilla
Pilato le pregunta a Jesús, en el
juicio, si es rey. Jesús responde que él es el testigo de la Verdad, cosa que
al gobernador militar y político parece no interesar.
El crucificado junto a Jesús, en el último
momento de su vida, le suplica «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu
reino». La respuesta de Jesús acabamos de escucharla: «Te lo aseguro: hoy estarás
conmigo en el paraíso.»
El resto de ocasiones en que se alude
al término rey se refiere al temor de Jesús a ser mal entendido por la
muchedumbre que le sigue, y decide desaparecer y ocultarse para seguir su
camino y su predicación.
Un rey crucificado entre dos
malhechores no tiene apariencia regia, lo miremos como lo miremos. Y sin
embargo ahí sí actúa Jesús con la dignidad de un rey, y con la autoridad y el
poder de quien la ostenta.
Jesús es rey por ofrece a quien nada
tiene y nada espera la oportunidad de invocarle desde su corazón necesitado y
solitario. Jesús es rey porque despierta la fe adormecida o la planta donde no
la hay. Jesús es rey porque es Dios, que tiene sus caminos para encontrarse con
cada persona, con todos nosotros; caminos que no siempre pasan por donde indican
las directrices oficiales. Jesús es rey porque hace que nuestro corazón escuche
a la propia conciencia. Jesús es rey del mismo modo que nosotros exclamamos “mi
rey” a quien mucho queremos. Jesús es rey porque desea ardientemente reinar en
nuestros corazones. Jesús es rey porque nos ofrece su reino, donde todos seamos
bienaventurados porque ya ahora encarnemos las bienaventuranzas.