Mostrando entradas con la etiqueta Cuaresma. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuaresma. Mostrar todas las entradas

Domingo 5º de Cuaresma



Lectura del libro de Ezequiel (37, 12-14)


12 Esto dice el Señor Dios:
«Yo mismo abriré vuestros sepulcros,
y os sacaré de ellos, pueblo mío,
y os llevaré a la tierra de Israel.
13 Y cuando abra vuestros sepulcros
y os saque de ellos, pueblo mío,
comprenderéis que soy el Señor.
14 Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis;
os estableceré en vuestra tierra
y comprenderéis que yo, el Señor,
lo digo y lo hago —oráculo del Señor—».

Palabra de Dios.

Salmo responsorial (129)


R/. Del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa.

V/. Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica. R/.

V/. Si llevas cuentas de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto. R/.

V/. Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor
como el centinela la aurora. R/.

V/. Porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos. R/.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (8, 8-11)


Hermanos:
8 Los que están en la carne no pueden agradar a Dios. 9 Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros; en cambio, si alguien no posee el Espíritu de Cristo no es de Cristo.
10 Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia. 11 Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

Palabra de Dios.

Versículo antes del Evangelio (Jn 11, 25a-26)


Yo soy la resurrección y la vida —dice el Señor—;
el que cree en mí no morirá para siempre.

Lectura del santo Evangelio según san Juan (11, 1-45)


En aquel tiempo, 1 había caído enfermo un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana. 2 María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro.
3 Las hermanas le mandaron recado a Jesús diciendo:
«Señor, el que tú amas está enfermo».
4 Jesús, al oírlo, dijo:
«Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
5 Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. 6 Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.
7 Solo entonces dijo a sus discípulos:
«Vamos otra vez a Judea».
8 Los discípulos le replicaron:
«Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver de nuevo allí?».
9 Jesús contestó:
«¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; 10 pero si camina de noche, tropieza porque la luz no está en él».
11 Dicho esto, añadió:
«Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo».
12 Entonces le dijeron sus discípulos:
«Señor, si duerme, se salvará».
13 Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural.
14 Entonces Jesús les replicó claramente:
«Lázaro ha muerto, 15 y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su encuentro».
16 Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos:
«Vamos también nosotros y muramos con él».
17 Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. 18 Betania distaba poco de Jerusalén: unos quince estadios; 19 y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano.
20 Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. 21 Y dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. 22 Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
23 Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».
24 Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».
25 Jesús le dijo:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; 26 y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
27 Ella le contestó:
 «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
28 Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja:
«El Maestro está ahí y te llama».
29 Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él, 30 porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. 31 Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. 32 Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano».
33 Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció 34 y preguntó:
«¿Dónde lo habéis enterrado».
Le contestaron:
«Señor, ven a verlo».
35 Jesús se echó a llorar. 36 Los judíos comentaban:
«¡Cómo lo quería!».
37 Pero algunos dijeron:
«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».
38 Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. 39 Dijo Jesús:
«Quitad la losa».
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
«Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».
40 Jesús le replicó:
«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?».
41 Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; 42 yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».
43 Y dicho esto, gritó con voz potente:
«Lázaro, sal afuera».
44 El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
«Desatadlo y dejadlo andar».
45 Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Palabra del Señor.

Homilía


¡Qué gozada vivir y morir con Jesús! Esta podría ser, en mi opinión, expresión creyente que brotara en nosotros tras la escucha de las tres lecturas de este domingo 5º de Cuaresma. Nuestra respuesta a su pregunta: «¿Crees?».
Si con Ezequiel recibimos la promesa de que Dios no permitirá que nuestros huesos se pudran dentro del sepulcro tras la muerte, en el Evangelio escuchamos a Jesús que ante la tumba de su amigo Lázaro nos dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre». Porque él es la vida, nos asegura la resurrección. Y la resurrección ya no está relegada al futuro, porque Jesús, que es la vida, está presente.
Ese es el designio de Dios sobre el ser humano, comunicarle una vida que cambia cualitativamente la que posee: vida que supera la muerte. Esta seguirá sucediendo porque es un hecho biológico, pero no señalará el fin.
El miedo a la muerte como desaparición definitiva deja a la persona impotente ante la opresión y funda al mismo tiempo el poder de los opresores. Liberándonos de ese miedo radical, Jesús nos hace a los seres humanos radicalmente libres para vivir dándonos en entrega generosa y total.
Así se explica San Pablo en la segunda lectura: Ya que tenemos el Espíritu de Jesús, nosotros estamos vivos por la justicia de Dios. Por eso también dirá en otro lugar: ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? ¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo!

Domingo 4º de Cuaresma


Lectura del primer libro de Samuel (16, 1b. 6-7. 10-13a)


En aquellos días, 1 el Señor dijo a Samuel:
«Llena tu cuerno de aceite y ponte en camino. Te envío a casa de Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí».
6 Cuando llegó, vio a Eliab y se dijo:
«Seguro que está su ungido ante el Señor».
7 Pero el Señor dijo a Samuel:
«No te fijes en su apariencia ni en lo elevado de su estatura, porque lo he descartado. No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, mas el Señor mira el corazón».
10 Jesé presentó a sus siete hijos ante Samuel. Pero Samuel dijo a Jesé:
«El Señor no ha elegido a estos».
11 Entonces Samuel preguntó a Jesé:
«¿No hay más muchachos?».
Y le respondió:
«Todavía queda el menor, que está pastoreando el rebaño».
Samuel le dijo:
«Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa, mientras no venga».
12 Jesé mandó a por él y lo hizo venir. Era rubio, de hermosos ojos y buena presencia. El Señor dijo a Samuel:
«Levántate y úngelo de parte del Señor, pues es este».
13 Samuel cogió el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. Y el espíritu del Señor vino sobre David desde aquel día en adelante.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial (22 , 1-3a. 3b-4. 5. 6 [R/.: 1])


R/. El Señor es mi pastor, nada me falta.

V/. El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar,
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R/.

V/. Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.

V/. Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R/.

V/. Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por los años sin término. R/.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (5, 8-14)


Hermanos:
8 Antes erais tinieblas, pero ahora, sois luz por el Señor.
9 Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz. 10 Buscad lo que agrada al Señor, 11 sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciándolas.
12 Pues da vergüenza decir las cosas que ellos hacen a ocultas.
13 Pero, al denunciarlas, la luz las pone al descubierto, 14 y todo lo descubierto es luz.
Por eso dice:
«Despierta tú que duermes,
levántate de entre los muertos
y Cristo te iluminará».

Palabra de Dios.

Versículo antes del Evangelio (Cf. Jn 8, 12b)


Yo soy la luz del mundo —dice el Señor—;
el que me sigue tendrá la luz de la vida.

Lectura del santo Evangelio según san Juan (9, 1-41)


En aquel tiempo, 1 al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento.
2 Y sus discípulos le preguntaron:
«Maestro, ¿quién pecó: este o sus padres, para que naciera ciego?».
3 Jesús contestó:
«Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. 4 Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado: viene la noche y nadie podrá hacerlas. 5 Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo».
6 Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, 7 y le dijo:
«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».
Él fue, se lavó, y volvió con vista. 8 Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:
«¿No es ese el que se sentaba a pedir?».
9 Unos decían:
«El mismo».
Otros decían:
«No es él, pero se le parece».
Él respondía:
«Soy yo».
10 Y le preguntaban:
«¿Y cómo se te han abierto los ojos?».
11 Él contestó:
«Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver».
12 Le preguntaron: «¿Dónde está él?».
Contestó:
«No lo sé».
13 Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. 14 Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. 15 También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó:
«Me puso barro en los ojos, me lavé y veo».
16 Algunos de los fariseos comentaban:
«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».
Otros replicaban:
«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:
17 «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».
Él contestó:
«Que es un profeta».
18 Pero los judíos no se creyeron que aquel había sido ciego y que había comenzado a ver, hasta que llamaron a sus padres 19 y les preguntaron:
«¿Es este vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?».
20 Sus padres contestaron:
«Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos; 21 y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse».
22 Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos: porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. 23 Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él».
24 Llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron:
«Da gloria a Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador».
25 Contestó él:
«Si es un pecador, no lo sé; solo sé que yo era ciego y ahora veo».
26 Le preguntan de nuevo:
«¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?».
27 Les contestó:
«Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso: ¿para qué queréis oírlo otra vez?, ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?».
28 Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron:
«Discípulo de ese lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. 29 Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ese no sabemos de dónde viene».
30 Replicó él:
«Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene, y, sin embargo, me ha abierto los ojos. 31 Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es piadoso y hace su voluntad. 32 Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; 33 si este no viniera de Dios, no tendría ningún poder».
34 Le replicaron:
«Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?».
Y lo expulsaron.
35 Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
«¿Crees tú en el Hijo del hombre?».
36 Él contestó:
«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».
37 Jesús le dijo:
«Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es».
38 Él dijo:
«Creo, Señor».
Y se postró ante él.
39 Dijo Jesús:
«Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos».
40 Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron:
«¿También nosotros estamos ciegos?».
41 Jesús les contestó:
«Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís “vemos”, vuestro pecado permanece.

Palabra del Señor.

Homilía


Hoy se nos propone un itinerario que va del “no ver” al “ver”, de las tinieblas a la luz.
En la primera lectura, Dios mira lo profundo del corazón, en tanto que los humanos sólo apreciamos las apariencias. Entre hermanos mayores, más fuertes y más preparados, Dios escoge al que ni está ni es tenido en cuenta, David, para entregarle su espíritu.
El largo episodio del ciego de nacimiento, del evangelio de san Juan, nos muestra el itinerario complejo y lleno de dificultades que lleva a la profesión de fe en Jesús, el Cristo, de alguien desahuciado y apartado por la sociedad. «Creo, Señor» no es el final del proceso de conversión, sino el principio de una vida nueva en la luz.
¿Quién llevará hoy el mensaje liberador de Jesús a tantas personas excluidas contra quienes se escuchan condenas públicas injustas, incluso de dirigentes religiosos; a quienes se acercan a las celebraciones cristianas con temor a ser reconocidos; que no pueden comulgar con paz en nuestras eucaristías; que se ven obligados a vivir su fe en Jesús en el silencio de su corazón, casi de manera secreta y clandestina?
San Pablo, por su parte, al reflexionar lo narrado en el evangelio, nos dice: «Sois luz por el Señor. Vivid como hijos de la luz. Buscad lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciándolas».
Que sepan esos amigos y amigas desconocidos que, aun cuando los cristianos les rechacemos, Jesús los está acogiendo.

Domingo 3º de Cuaresma



Lectura del libro de Éxodo (17, 3-7)


En aquellos días, 3 el pueblo, sediento, murmuró contra Moisés, diciendo:
«¿Por qué nos has sacado de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?».
4 Clamó Moisés al Señor y dijo:
«¿Qué puedo hacer con este pueblo? Por poco me apedrean».
5 Respondió el Señor a Moisés:
«Pasa al frente del pueblo y toma contigo algunos de los ancianos de Israel; empuña el bastón con el que golpeaste el Nilo y marcha. 6 Yo estaré allí ante ti, junto a la roca de Horeb. Golpea la roca, y saldrá agua para que beba el pueblo».
Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. 7 Y llamó a aquel lugar Masá y Meribá, a causa de la querella de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor, diciendo:
 «¿Está el Señor entre nosotros o no?».

Palabra de Dios.

Salmo responsorial (94 , 1-2. 6-7c. 7d-9 [R/.: cf. 7d-8a])


R/. Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis vuestro corazón».

V/. Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. R/.

V/. Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. R/.

V/. Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque había visto mis obras». R/.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (5, 1-2. 5-8)


Hermanos:
1 Habiendo sido justificados en virtud de la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo*, 2 por el cual hemos obtenido además por la fe el acceso a esta gracia, en la cual nos encontramos; y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.
5 Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.
6 En efecto, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; 7 ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; 8 pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.

Palabra de Dios.

Versículo antes del Evangelio (Cf. Jn 4, 42. 15)


Señor, tú eres de verdad el Salvador del mundo;
dame agua viva, así no tendré más sed.

Lectura del santo Evangelio según san Juan (4, 5-42)


En aquel tiempo, 5 llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; 6 allí estaba el pozo de Jacob.
Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.
7 Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice:
«Dame de beber».
8 Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.
La samaritana le dice:
9 «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).
10 Jesús le contestó:
«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva».
11 La mujer le dice:
«Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; 12 ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».
13 Jesús le contestó:
«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; 14 pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».
15 La mujer le dice:
«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla».
16 Él le dice:
«Anda, llama a tu marido y vuelve».
17 La mujer le contesta:
«No tengo marido».
Jesús le dice:
«Tienes razón, que no tienes marido: 18 has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad».
19 La mujer le dice:
«Señor, veo que tú eres un profeta. 20 Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».
21 Jesús le dice:
«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. 22 Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. 23 Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. 24 Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad».
25 La mujer le dice:
«Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo».
26 Jesús le dice:
«Soy yo, el que habla contigo».
27 En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?».
28 La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente:
29 «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?».
30 Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él.
31 Mientras tanto sus discípulos le insistían:
«Maestro, come».
32 Él les dijo:
«Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis».
33 Los discípulos comentaban entre ellos:
«¿Le habrá traído alguien de comer?».
34 Jesús les dice:
«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.
35 ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; 36 el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador.
37 Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra y otro siega. 38 Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos».
39 En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho».
40 Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. 41 Todavía creyeron muchos más por su predicación, 42 y decían a la mujer:
«Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

Palabra del Señor.

Homilía


El pasaje de la samaritana del evangelio de san Juan constituye la manifestación de Jesús como agua viva que satisface y colma la sed de toda persona sedienta: «Yo soy el agua viva que salta hasta la vida eterna».
Movidos y martirizados por la sed, los seres humanos vamos dando tumbos por la vida y esta tierra, y hasta llegamos a preguntarnos si está o no está Dios con nosotros. Eso pasó al pueblo de Israel, como vemos en la primera lectura.
San Pablo, en la segunda, asegura que en Jesucristo encontramos la paz que ansiamos: estaremos a gusto con Dios.
Como personas cristianas, nuestra experiencia primera y más importante sea encontrarnos a gusto con Dios percibido en Jesús como “presencia salvadora”. Porque, si nosotros escuchamos, Dios no se calla. Si nos abrimos, él no se encierra. Si nos confiamos, él nos acoge. Si nos entregamos, él nos sostiene. Si nos hundimos, él nos levanta. Si volvemos derrotamos, sedientos y heridos, Dios nos envuelve en besos y abrazos que nos devuelven la integridad y la armonía.
Como piedras vivas de la Iglesia de Jesús deberíamos preocuparnos por tantas personas que hoy están abandonando a Dios antes de haberlo conocido. Esta inquietud nos movilice por hacerles llegar a esa experiencia que Jesús contagia y que, si la alcanzaran, a buen seguro no la abandonarían.
Por eso nunca nos desanimemos de orar confiadamente: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed». Pero sin dejar de lado que en nuestra propia vida y en nuestra historia común florezca la justicia, brille la fraternidad, reine la tolerancia, y todos nos iniciemos en la esperanza y el amor.

Domingo 2º de Cuaresma


Lectura del libro de Génesis (12, 1-4a)


Vocación de Abrahán, padre del pueblo de Dios

1 En aquellos días, el Señor dijo a Abrán:
«Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré.
2 Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre y serás una bendición.
3 Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra».
4 Abrán marchó, como le había dicho el Señor.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial (32, 4-5. 18-19. 20 y 22 (R/.: 22])


R/. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
omo lo esperamos de ti.

V/. La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R/.

V/. Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme,
en los que esperan su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte,
y redimirlos en tiempo de hambre. R/.

V/. Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti. R/.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo (1, 8b-10)


Dios nos llama y nos ilumina

Querido hermano:
8 Toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios.
9 Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestras obras, sino según su designio y según la gracia que nos dio en Cristo Jesús desde antes de los siglos, 10 la cual se ha manifestado ahora por la aparición de nuestro Salvador, Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio.

Palabra de Dios.

Versículo antes del Evangelio (Cf. Lc 9, 35)


En el esplendor de la nube se oyó la voz del Padre:
«Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo».

Lectura del santo Evangelio según san Mateo (17, 1-9)


Su rostro resplandecía como el sol

1 En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto.
2 Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz.
3 De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
4 Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:
«Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».
5 Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía:
«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».
6 Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
7 Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:
«Levantaos, no temáis».
8 Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
9 Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó:
«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

Palabra del Señor.

Homilía


Si consiguiéramos superar nuestra gran tentación y no disputáramos a Dios el lugar central en nuestras vidas, estaríamos en disposición de oír su voz. Eso es lo que pedagógicamente la liturgia de hoy nos muestra a través de las tres lecturas bíblicas; en el momento cumbre del evangelio se oye la voz del Padre.
Todo el andamiaje literario con el que Mateo construye el relato de la transfiguración lo forman expresiones sonoras e intensas: “alta montaña”, “su rostro se puso brillante como el sol”, “sus vestidos se volvieron blancos como la luz”, “Moisés y Elías conversando con Jesús”, “una nube de luz los cubrió” y una “voz”, desde la nube, se dejó oír. Parece que de Dios no sabemos gran cosa, y lo poco que nos llega o nos imaginamos provoca admiración, expectación y respeto. O dicho de otro modo, temor. El miedo es saludable, porque nos pone en guardia frente al peligro. Pero puede ser perjudicial si nos bloquea y anula.
Mateo cuida de no cargar las tintas para que Pedro, Santiago y Juan no salgan corriendo montaña abajo. Y presenta a Jesús conversando plácidamente con Moisés y Elías. Moisés dio al pueblo la Ley del Sinaí, tras hablar cara a cara con Dios. Elías fue el profeta del verdadero y único Dios frente a ídolos y falsos dioses, y fue arrebatado al cielo en un carro de fuego. La Ley y los Profetas era todo lo que un judío necesitaba, era lo que había recibido de sus mayores y con ello consideraba estar a bien con Dios. Por eso Pedro está tranquilo, y desea permanecer así, quiere hacer tiendas y todo.
Pero con todo y con eso, ese Dios no dejaba de ser en gran medida lejano, misterioso, inalcanzable. Por eso esa voz le asusta, a él y a los otros dos; que Dios se acerque, aunque sea de ese modo a través de la palabra, rompe su equilibrio. Sin embargo, la irrupción de Dios no pretende intimidar, sino comunicar. ¿Qué?
«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco».
«Escuchadlo».
Pedro, igual que nosotros, sabe que se refiere a Jesús. Y que si antes hubo otros, como Abraham o Moisés, para saber de Dios y de lo que a nosotros nos interesa, ahora quien le representa, el que tiene el rostro iluminado y refleja su gloria, es Jesús. Y sólo Él.
Reconocer a Jesús y escucharlo es lo que Dios nos comunica, no necesitamos más.
Y lo primero que Jesús dice, «Levantaos, no temáis», es el principio de nuestra transfiguración. Caminaremos con Jesús hacia Jerusalén, porque allí está la cruz, pero y sobre todo también está la Pascua.

Música Sí/No