Cuando alguien se expresa con
autoridad, la gente lo nota. Puede decir lo de siempre o aportar novedades;
puede tratarse de un orador titulado y renombrado, o ser un cualquiera desconocido
y sin rango. Esa autoridad que se le reconoce no procede de centros de poder o
estudio, ni dimana del lugar de origen, ni de las circunstancias donde se
manifieste. Nace de la misma persona. Tiene o no tiene autoridad. Que no es lo
mismo que decir “es popular”.
Cuando hay quien con su mensaje se
lleva de calle al personal, una forma de desacreditarle es decir que practica
el populismo, es decir, que pregona lo que a la gente le gusta oír.
Jesús tiene y se muestra con
autoridad. No sólo quienes le escuchan quedan asombrados; también levantan su
voz los que se le oponen. La autoridad de Jesús anuncia y denuncia, al mismo
tiempo, con igual consistencia y rotundidad.
Jesús con su autoridad, provoca. Y una
consecuencia de ello es el acto de fe: Creer en Jesús. Ojito, sin embargo,
porque no siempre y necesariamente tener fe significa lo mismo. A Jesús se le
enfrentan los que antes callaban. Se ven atacados y temen. La autoridad que le
reconocen es un acto de fe, pero no transforma sus vidas.
Esa provocación que suscita Jesús requiere
llevar consigo una convocación, una llamada, y urge de nosotros una respuesta,
conversión.
Cuando nosotros decimos creer, deberíamos
distinguir y diferenciar lo que sabemos, porque nos lo han enseñado y lo hemos
aprendido, de lo que aceptamos y a lo cual nos adherimos. Una cosa es decir “Jesús
es Dios”, otra muy distinta afirmar “Señor mío y Dios mío”.
Aquel enfermo salió curado, y las
gentes admiradas de su autoridad y de la nueva enseñanza.
Nosotros no somos escribas ni enfermos
endemoniados, sino discípulos de Jesús. Y por tanto hemos de comunicar su
mensaje, no nuestras tradiciones. Hemos de mostrar lo que vivimos curando la
vida, no imponiendo ni adoctrinando mentes. Hemos de anunciar el Espíritu de
Jesús, que él nos han entregado, no pregonar nuestras teologías, que son al fin
y al cabo una componenda que nos hemos hecho a nuestra imagen y medida.
Creeremos en Jesús, podremos
predicarlo como Dios y Salvador, si nuestra conducta contribuye a humanizar y
liberar de esclavitudes; si nuestras palabras invitan a confiar en Dios. Si el
mensaje del que somos portadores es la mejor noticia que puedan escuchar
cuantas personas atormentadas interiormente se topen con nosotros. Entonces, a
través nuestro, Jesús cura, y la gente podrá exclamar alborozada: «este enseñar
con autoridad es nuevo».